viernes, 5 de febrero de 2010

La Luna y El Sol...

Desde muy pequeños, siempre, nos enseñaron que la Luna correspondía a la noche y el Sol al día y que esto se producía debido a que La Tierra, esa pequeña esfera imperfecta que permite la vida humana, tenga dos movimientos, translación y rotación. Con ellos La Tierra dicen que gira al rededor del Sol y sobre sí misma creando así, dependiendo de las coordenadas en las que estemos que veamos el día o la noche.
Pero ¿y si esa explicación no nos vale? o por lo menos, tanta física resulta un poco aburrida (que no deja de ser interesante aún así). Propongo hacer una historia un poco más romántica, propia del S.XIX. Hacer de El Sol y La Luna, seres vivientes. Hay gente que dice haber visto una cara sonriente en la luna... Y otros un rostro enfadado en el sol, a lo mejor por eso hace tanto calor de día y de noche algo más de frío...

Cuenta la historia, que desde el principio de los tiempos Lorenzo (que así es como recibe de nombre El Sol) vivía solo, allá arriba en lo alto de los cielos, aburrido y sin nada ni nadie con quien compartir sus sentimientos mas que con las estrellas, que le acompañaban día y noche. Loren vio nacer a muchos personajes ejemplares como los Faraones de Egipto, los grandes pueblos Mayas y Aztecas e incluso civilizaciones como Grecia.
Admiraba a muchos personajes mitológicos como eran Hércules o Jasón, Zeus o Perseo. Aplaudía su valentía y su apego por conseguir sus propósitos cueste lo que cueste. Y eso era lo que necesitaba él, valor y coraje para remediar un pequeño problema que venía sufriendo tiempo atrás.

El problema que afectaba al pequeño gran Loren, eran asuntos del corazón. Estaba locamente enamorado de la bella Catalina, una joven adolecente que vivía en una pequeña villa muy muy lejos de él, por allá por La Tierra lugar al que Loren nunca había ido y nunca podría ir debido a su complexión de astro y cuidador de las estrellas. Catalina era hija de una estrella, Casiopea. Casiopea siempre ayudaba en lo que podía a su pequeña cuando ésta lo necesitase y le hablaba sobre muchas historias del cuidador de las estrellas.

Lorenzo, los meses que se sentía con más fuerzas para consumar su amor, se volvía más fuerte y brillante en Junio, Julio y Agosto, pero cuando se daba cuenta de que sus planes podían acabar truncados se encogía de nuevo y evitaba el contacto con Catalina. A pesar de eso, él lo intentaba y lo intentaba sin éxito, acababa siempre encerrado en su propio miedo...

Catalina que poco a poco se daba cuenta de las idas y venidas del Sol empezó a tener bastante miedo. Había escuchado las historias que le contaba su madre sobre lo malo que era Lorenzo con las estrellas y los continuos enfados repentinos que tenía. Por lo que bañada en lágrimas pidió a su madre que cuidase de ella y que en el caso en que Lorenzo pusiera un rayo sobre su piel se la llevase para siempre a su lado. Casiopea, sorprendida, accedió a tal deseo que su pequeña pedía.
A lo que respondió, "cuando el sol ponga un solo rayo sobre ti, tu cuerpo se desvanecerá y pertenecerás al reino de los cielos como Reina, para siempre..."

Una de las noches Catalina salió al bosque en busca de luciérnagas cuando dándose cuenta de su situación estaba perdida entre cruces sin saber que dirección había tomado o cual debía tomar en este momento. Así que decidió caminar para ver si encontraba la senda correcta. Caminando oyó una pequeña voz que le llamaba "¡oye, oye!". Una de las estrellas se estaba dirigiendo a ella. "Me envía mi señor Lorenzo, junto con unos cuantos amigos mios" De entre los arbustos salieron ratas de tamaño de una silla que agarraron a Catalina de sus cuatro extremidades. Entre forcejeos y gritos consiguió zafarse de ellas y salió corriendo con todas sus fuerzas.

Entre tanta carrera y esfuerzo, se sentó al lado de un riachuelo a recobrar un poco de aliento mientras, llorando, imploraba a su madre la cual no dio respuesta alguna. De pronto, una luz asomaba desde el horizonte, "¡Era el alba!" pensó ella aterrorizada, Lorenzo se empezaba a despertar y volvería a la búsqueda de su amor. Catalina comenzó a correr en todas direcciones esperando encontrar el camino de vuelta a casa, sin ningún éxito. Sintió una sensación de ahogo, poco a poco los rayos de sol asomaban entre los árboles. Su piel empezó a quebrase, saliendo humo de todas sus hendiduras. Con cada rayo se desvanecía un poco más, Lorenzo horrorizado y Catalina sollozando terminó por desaparecer...

Ahora todos los días el Sol sale por la mañana peinando de este a oeste la Tierra, intentando encontrar a su amada. Pero cuando este se cansa acaba yéndose a dormir y dando paso a su pequeña Catalina, que con forma redonda y blanquecina desde el cielo parece ver todo lo que ocurre. Algunos se empeñan en llamarla luna pero para mi, siempre será Catalina...


Eduardo Rodríguez Salas